Tuve la suerte de recorrer la Patagonia, tanto en Argentina como en Chile. La inmensidad de los paisajes, la flora y la fauna del lugar son fascinantes, tanto al pie de los Andes como en la Pampa seca, en la costa atlántica así como en las orillas del estrecho de Magallanes. No se puede soñar con una naturaleza más salvaje o un aislamiento más completo. No perdería ninguna oportunidad de regresar allí. Convengamos que Ushuaia no es New York. Estamos en el fin del mundo. Pero el viajero encontrará más fácilmente acceso a internet -por un precio irrisorio y gratis en cualquier hotel- que en San Francisco o en Paris. No vi un solo pueblo, incluso al cabo de un interminable camino de tierra y polvo, después de haberme cruzado con avestruces y guanacos, y haber admirado cóndores en el cielo, que no tuviera al menos un café-internet, con excelente velocidad y ancho de banda. Aquí y allá encontré un médico argentino jubilado que hizo su vida profesional en Boston, una artista que vivió mucho tiempo en New York y Berlín, un intelectual que estuvo emigrado durante varios años en Sao Paolo, un escritor que estudió en París, un geólogo formado en Londres, universitarios venidos de Buenos Aires o de Europa central, hombres de negocios que emigraron de Roma o de Madrid. Todos me dijeron lo mismo. Por más intenso que pueda ser su amor por esta naturaleza salvaje, casi original, y los vastos horizontes en que viven actualmente, ninguno hubiera pegado el salto para ir o regresar a la Patagonia, si allí no hubiera internet. Gracias a las redes numéricas, gozan de los dos mundos, el natural y el urbano. Están en interface cotidiana con el poder del mundo salvaje así como con la sofisticación de las grandes metrópolis. Leen los diarios de Chicago o de Roma en su computadora, mirando por la ventana las cimas nevadas de los Andes o los elefantes marinos de la península de Valdez; se comunican a distancia con sus amigos alemanes o libaneses, se ven con las webcam; siguen por la web todas la noticias y todos los casos que les interesan, y están mejor informados que los teleespectadores de las grandes capitales. Crean universidades, sitios web y comunidades virtuales. No les falta nada para aliar la belleza rural a la promiscuidad numérica. No basta con decir que el planeta se ha achicado. El acceso a internet nos permite estar en todas partes al mismo tiempo: en Ushuaia y en Tokyo, en Punta Arenas y en Montréal, al pie de los glaciares de El Calafate y en los Campos Elíseos en París, en un barco que se codea con las ballenas australes y en Buenos Aires o en Moscú. Sin internet, regiones lejanas como la Patagonia estarían aisladas del mundo y reducidas a actividades primarias. Nunca me hubiera encontrado con esos artistas, empresarios, intelectuales, universitarios que hoy desarrollan su actividad allí y le confieren ese desarrollo económico, educativo y cultural necesario para que los jóvenes se queden, al igual que los inmigrantes que recorrieron el mundo.
Internet se convirtió en una infraestructura indispensable para el desarrollo de las regiones alejadas. Hay que ofrecer en ellas la velocidad y el ancho de banda que permita mostrar las páginas de los diarios, imágenes, archivos multimedia, educativos, planos de ingeniero o imágenes médicas, música y video. Internet se transformó en una herramienta prodigiosa y polivalente, tanto para la educación como para la salud, para la democracia como para los servicios públicos, para la cultura, el comercio electrónico como para la investigación científica, para el desarrollo económico como para el turismo. En la Patagonia, cada bed and breakfast, incluso los más aislados, son iguales ante internet. Allí muestran sus paisajes y sus habitaciones, y ofrecen un servicio de reservas que les aportan su clientela cotidiana, venida de todos los rincones del mundo. Las rutas ya no alcanzan. También se necesita, y en todos lados, una red de internet, confiable y poderosa. Internet es la más estratégica de las inversiones que cualquier Estado está obligado a hacer en su política de desarrollo de las regiones alejadas.Lo que puede ofrecer la Patagonia en sus pueblitos de montaña o de la Pampa, para beneficio de poblaciones dispersadas hasta el fin del mundo, hoy sometida a la terrible crisis económica de la Argentina, que se extiende sobre miles y miles de kilómetros, el gobierno de Québec, que dispone de recursos y valoraciones importantes, no parece querer esforzarse en hacerlo posible en Laurentides, a una hora en auto de Montréal, donde la población es sin embargo cada vez más densa y emprendedora, y más aún en nuestras regiones alejadas, de las que sin embargo nos repite hasta el cansancio que es una de sus prioridades. ¿Porqué Québec tarda siempre más con respecto a otras provincias de Canadá, quien, a su vez, otrora entre los países más conectados del mundo, retrocede ampliamente cada año en la clasificación internacional? Sin embargo estamos en 2009. ¡La evidencia es abrumadora! Tenemos que creer que nuestros gobernantes son miopes y sordos. ¿Habrá más avestruces en Québec que en la Patagonia? ¿Habrá que soportar esta incomprensión de nuestros responsables políticos hasta que la nueva generación esté en edad de votar? La Patagonia no esperó. Una vez más, Québec falta a la cita con su historia.
Hervé Fischer
(traducion de Maria Marta Escalente)